Un juicio histórico en el Tribunal Superior de Los Ángeles, que alega que Instagram de Meta y YouTube de Google diseñaron deliberadamente sus plataformas para dañar a los usuarios, avanza con un interés mínimo del público o de los medios. La demanda, presentada por una mujer de 20 años, acusa a los gigantes tecnológicos de explotar vulnerabilidades psicológicas para maximizar el compromiso, lo que provoca daños físicos y mentales.
El perfil bajo del juicio
A pesar de las importantes implicaciones del caso, la sala del tribunal ha permanecido prácticamente vacía, con escasa asistencia tanto de los periodistas como del público. Las redes sociales en sí apenas hablan de la prueba: las publicaciones en plataformas como Facebook y Reddit generan sólo un puñado de comentarios, y muchos usuarios se preguntan por qué no recibe más atención. Esto contrasta marcadamente con casos de alto perfil como el de O.J. Simpson, que atrajo grandes multitudes y cobertura mediática.
El veredicto silencioso de la sociedad
La falta de interés generalizado en el caso revela una tendencia inquietante. La sociedad ya ha condenado en gran medida a las redes sociales por sus daños, y las críticas sobre la adicción, la desinformación y los impactos en la salud mental se han vuelto comunes en la última década. El constante aluvión de prensa negativa ha insensibilizado al público hasta el punto de que incluso una batalla legal de alto riesgo parece anodina.
Esta desensibilización plantea preguntas críticas: ¿Por qué las preocupaciones sobre el daño de las redes sociales se han convertido en ruido de fondo? ¿Está el público resignado a los diseños manipuladores de estas plataformas? La oscuridad del juicio sugiere que, si bien muchos reconocen el problema, pocos exigen activamente rendición de cuentas.
El hecho de que este juicio apenas se refleje en el discurso público es más preocupante que el juicio en sí. Señala una peligrosa aceptación de un sistema diseñado para explotar la psicología humana.
El caso sirve como un crudo recordatorio de que, si bien pueden desarrollarse batallas legales, el verdadero juicio sobre el impacto de las redes sociales ya se ha emitido: una renuncia silenciosa e incómoda.





























